Un universo de letras, páginas e historias se abre espacio en nuevos lugares de Colombia. La experiencia de recorrer pasillos con estanterías de libros, apreciar portadas, y percibir el olor y la textura del papel, ya no se limita a las grandes ciudades. Un estudio recién publicado por la Cámara Colombiana del Libro, el primero de este tipo, muestra un auge de librerías desde comienzos del siglo y su expansión a pequeños municipios. La radiografía detallada de 205 librerías, de las cerca de 500 que se estima funcionan en el país, refleja que el 73% abrieron sus puertas desde 2001. En su mayoría son librerías pequeñas o medianas, que se suman a las más tradicionales de cadena, a las religiosas y a las virtuales.
Aunque el 57% de las librerías está en Bogotá ―la capital, de unos ocho millones de habitantes― y Medellín ―la segunda ciudad del país―, 54 de los 1.104 municipios cuentan con al menos un sitio dedicado a acercar los libros a los lectores. “Antioquia y Cundinamarca son los departamentos que suman más librerías en municipios distintos a ciudades principales. Se han abierto librerías en Envigado, Apartadó, Tabio o Soacha, por citar algunos ejemplos”, destaca Emiro Aristizábal, presidente de la Cámara Colombiana del Libro.
Aristizábal atribuye el repunte a un apetito creciente. Según el estudio de hábitos de lectura, asistencia a bibliotecas y compra de libros de 2023 de su gremio, el promedio de libros que leen cada año los mayores de 18 años en Colombia llegó a 3,7 libros, frente a 2,7 de 2017. También aumentó la lectura entre los lectores más dedicados, que pasaron de 5,4 a 6,9 libros en promedio al año.
Esa sed de literatura la comprobó Natalia Rueda, una maestra de Apartadó, en la zona bananera del Urabá antioqueño, que en 2022 abrió la librería Tinto y Tinta en un local de 63 metros cuadrados. A los 50 años decidió emprender un nuevo proyecto de vida. “Uno va cumpliendo ciclos de mamá, de esposa. Cuando mi hija se graduó de la universidad, me pregunté: ‘¿Y ahora qué voy a hacer?’ Fue una motivación personal. Arrancamos con pocos libros y me sorprendí. La gente estaba muy entusiasta”, recuerda.
Manuelita Mesa, una abogada de 33 años, vive desde hace siete en la ciudad de casi 130.000 habitantes. No existían sitios como el que ahora ha ambientado la cultura del libro. “Había tiendas de libros, que venden libros como mercancía, mientras que una librería es un lugar donde se le hace culto al libro, se hacen talleres, se conecta con otras personas, hay recomendaciones. No es lo mismo que una persona te diga ‘ese libro vale tanto’ a que te diga ‘ese libro trata de esto’. No es lo mismo tener un vendedor que un librero”, recalca por teléfono en un descanso que aprovecha para ir a la librería. “En la pausa del almuerzo vengo, me tomo un café y leo. Me recargo”, dice.
Las librerías son pausa, desconexión y, a la vez, sitios de encuentro. “Muchas han pasado a convertirse en centros culturales con firmas de libros o clubes de lectura. Eso ha contribuido al crecimiento”, agrega el presidente de la Cámara del Libro. Rueda lo ratifica. “Es crear comunidad alrededor del libro, de la palabra y la cultura. La gente viene y quiere hacer un recital de guitarra, de poesía, hasta obras de teatro”, cuenta.
Se trata de una experiencia que no ofrecen las plataformas digitales. “Una librería está diseñada para experimentar el placer de curiosear los libros, tocarlos, de hablar con el librero o librera. Si tienen café, tomarte uno e irte feliz con tu libro. Las plataformas son para la gente a la que no le interesa vivir esta experiencia o no tiene tiempo”, expresa la periodista Claudia Morales, directora de la Feria del Libro de Pereira.
Sin embargo, no todo es brillo. Tener una librería supone esfuerzos financieros. Los bajos márgenes de ganancias y los altos costos de operación son los principales desafíos, especialmente para las librerías independientes. Reciben entre el 30% y el 40% de las ventas, el resto va a las editoriales o distribuidoras (y, por esa vía, a los autores). “Con eso no vive una librería. Tienes que descontar los gastos de todo, servicios, empleados. Toca mezclar con talleres, café, vino, y eso va generando un movimiento”, explica Rueda.
Además, si crecen las ventas, las librerías pueden superar los topes anuales que los llevan a convertirse en responsables del Impuesto al Valor Agregado (IVA). “Esto implica pagar IVA por cada servicio que se presta”, repara Morales, quien hace tres años cerró la librería Árbol de Libros que había abierto en la ciudad de Armenia. Sugiere abrir un debate sobre el precio único de los títulos para evitar una competencia que afecta a las librerías más pequeñas y aumentar las visitas de autores a diferentes lugares. “Generalmente las editoriales privilegian los lanzamientos de libros o charlas con autores en Bogotá y Medellín, tal vez en Cali, pero no es habitual en ciudades como Armenia. Una librería no siempre tiene el músculo financiero para traer un autor. Eso también perjudica el interés del público. Si no hay interés, no hay venta”, subraya.
El estudio de la Cámara Colombiana del Libro muestra que el impreso es más del 99% de lo que se vende. “Sigue siendo muy importante y, ante una cadena del libro tan frágil, tendríamos que juntarnos a pensar qué hacemos para resolver los problemas que se ven reflejados en el análisis”, puntualiza la periodista. Aristizábal reconoce que, aunque el vaso se ve medio lleno, también hay que verlo medio vacío. “Si nos comparamos con España, con una población ligeramente inferior a la nuestra y unas 2.000 librerías, hay mucho camino por recorrer”, señala.
Mesa, la lectora de Apartadó, pide seguir derrumbando barreras para favorecer una relación con los libros en cualquier lugar del país. “Abrir una librería es fundamental en cualquier municipio. Me he cruzado con personas que nunca en su vida habían comprado un libro. Es abrir ese universo de posibilidades”, concluye.